Chihuahua, Chih.
La poeta, traductora y editora Jeannette L. Lozano no pudo estar en la inauguración de la Feria de Libro de Chihuahua en la que estaba programada.
Tenía que decirle a su tierra unas palabras amables. He aquí su alabanza:
«Chihuahua es un sueño que no termino de soñar: paisaje de ausencias, trinos, tambores y cascabeles acercándose a mi sábana, capullos secos de la mariposa, tenábaris cuyas semillas resuenan aún en mí y despiertan mi ansia de montes y cascadas y cerros azules en su derroche de laderas. Algo de cobre permanece en mis ojos cuando visito otro lugar, algo de cielo claro los protege de las tolvaneras. Ese cobre y ese cielo colmaron mis pupilas.
En Chihuahua el desierto es la voz. Lo recorrí descalza bajo un sol ardiente sin quemarme los pies. En mis plantas se grabaron los médanos, en mis manos el poste de la luz, la pileta octogonal, las ramas secas con espinas dispuestas por don Pedrito para cobijar el pasto recién cortado del Parque Lerdo. La música del “Acitrón” con su repiqueteo de piedras sobre el cemento, las bancas verdes, la puerta de acero del Jardín de Niños Carmen Meza en donde podía entrever los pequeños pupitres de madera sobre los que dibujé los peces dorados que alimentaron la infancia de mi imaginación. El sol me llamaba. No así el croar de las ranas sobre los nenúfares y los lirios acuáticos en el rincón más sombreado.
Chihuahua es silencio. Sus párpados se cierran mansamente cuando casi está oscuro. Sólo casi. Son tantas las estrellas que no podemos tocar, que las palabras no alcanzan. No es que mi idioma sea el límite; es que en mi lengua jamás podré transmitir la experiencia de una vida. En esta ciudad nací. En esta ciudad crecí. De sus frondas construí mi primer alfabeto y de sus desiertos el sentido de la sed. Esa sed que sólo se sacia con más sed.
Chihuahua es un río seco que excede al crepúsculo cuando sus rayos bañan El Coronel y tiñe de rojo las bancas. Un viento agita lo plata de los sicomoros y el peso de su paisaje no logro traducir.
Bajo un cielo encapotado, el Chuvíscar se desborda, inunda los médanos, borra los límites entre una y otra duna. Dos niñas se deslizan por la falda de cima a pie e impregnan de arena pestañas, cejas y nariz hasta dejar sus cuerpos como barjanes.
Chihuahua es un hilo de cercanía en las entrañas de los amonites que dormitan en las riberas del Conchos: marcan el aún por venir y el que quizá no conoceré. ¿De qué me sirve entonces retener aquellas cáscaras de sandía de Santa Isabel, los manantiales deshilvanando la corriente, mis padres en el DeSoto verde y la abuela mirándolo todo desde el zaguán? En el trigo puesto a secar, ese germen, esa primera semilla como una cesta sin peces, la mancha de vino en el mantel, la pavera de plata sobre la veta de cedro.
El camino del amonites es siempre espiral. Quienes tenemos la dicha de nacer en un desierto aguzamos el oído y el ojo, borramos distancias entre cumbre y arena, transcurrimos con los hilos del río.
Es el ímpetu del sueño de los chihuahuenses. Con ojos honestos miramos la claridad, escuchamos los chorlos, atravesamos las espinas del césped húmedo, nos acercamos a los postes de luz cuyas chispas aún traspasan nuestros cuerpos.
En ese parque aprendí a ver mi reflejo en la pileta octogonal que yace en el fondo de mi memoria como un montón de conchas resonando en ecos: mi madre, Olga Ayub, a quien ahora regreso para encontrarme. Siento una breve felicidad, eterna, por volver a pisar estas tierras, revisitar los lugares que guardo en las fotografías porque, sin sentido alguno, han desaparecido en la línea del horizonte: el Cine Alcázar, el Cine Plaza, el Hotel Fermont…, templos que Chihuahua ha ido perdiendo sin percatarse de que en cada ladrillo de esos edificios antiguos respira la memoria de la roca que nos vio nacer.
Estoy feliz de encontrarme aquí, justo días después de que se ha inaugurado la Quinta Touché como Museo de Arte Contemporáneo de Chihuahua. Felicito a Águeda Lozano por su tesón y voluntad creadora. Siempre me pregunté por qué los gobiernos no se involucraban en salvaguardar las hermosas quintas de esta tierra y convertirlas en museos, casas culturales, espacios para la lectura, la creación y el saber.
Desde el sofá de mi habitación miro el chorlo en los cables del alumbrado, el luto de la mañana, la doble faena de olvidar para recordar.
Y es que la pupila conserva el memorial de esa herida que despierta en mi cuerpo al apenas descender la escalinata del avión. A lo lejos, el Cerro Grande, y más allá, El Coronel. Soy como tú, tierra mía; desde tu nacencia te dejaron frente a un mar, ya seco.
Tengo tus ojos, tus labios, tu frente. Parte muerte, parte vida. Somos río y somos sal, somos cantos rodados y somos el monte que se desvanece. Azoradas, recorrimos plazas y parques, las calles solitarias de la Bolívar, hasta llegar a la Catedral. Tú y yo nos dejamos derruir, tú y yo engañadas por falsas linternas, condenadas a ver caer uno a uno los ladrillos del Alcázar, víctimas acumulando sueños en las oscuridades de esas salas, humilladas por manos violadoras de aquella oscuridad.
Y el padre, en su vigilia, iba y venía con mirada alerta sin nunca advertir el abuso. En eso nos parecemos tú y yo: un cuerpo es una mina explotada, silencio que pudre las raíces de la flor.
En Chihuahua hay una obstinación por la sed. Está al alcance del rostro, en las grietas de los muros por donde entra apenas aquel rayo de sol. La madre sigue en su trono. A ti debo esta mezcla de sangre y arena; estás en mi boca y mi cuello se alarga y adelgaza para verte sentada en la banca y convertirte en lo que soy.
Te veo en la banca de la iglesia, te oigo bajo el abanico de la panadería San Antonio, las charolas de lámina apiladas, las esponjas y los hojaldres desmoronándose en la bolsa caliente del pan. Hoy caminamos para resarcir nuestras acciones descaminadas. Fuimos más allá de la altura del Coronel e inauguramos una era de perplejidades.
Son momentos de verdad que la memoria conserva como imagen de la primera herida. Ése el milagro del libro, porque el desierto no es un silencio. Es un vacío que dura un instante –piedra bajo la luna creciente– que debemos habitar para poblar el tiempo.
De pie en el corredor miro a través de la ventana el camión de volteo.
En la entrada de la cochera deja caer una mezcla de grava que tomó de los cimientos de la casa vecina. Esos cimientos sepultan parte de lo que un día fue dolorosa tristeza, rendición de la luz, palidez de astros bañando nuestros cuerpos.
Todo se une en detrimento de la congregación que resguarda nuestra individualidad, ese amor que elegimos para construir lo que apenas inaugura una certeza, la apertura en la pupila, la condensada iluminación que quizá borrará el luto. Chihuahua es la entrada a la ternura del mundo, vivir inmersas en los retoños de las rosas, preservar la forma de nuestra risa.
No quiero que pienses que hablo de sonreír, ni que dibujo una mueca en mi rostro.
No.
Hablo de una memoria que repara la herida haciéndola cicatriz, de la sangre que enjuga los oscureceres, hablo de sumergirse en briznas de tiempo con todas las creaturas.
Un silencio se interrumpe en el corredor cuando llega la tía Jeannette. Tiembla en su mano un vaso de agua, tiembla.
Miro su inescrutable sensibilidad y el dolor escucha sigiloso la hora de mis cuestionamientos.
Afuera florea el almendro.
La niña recuerda el perfume en florescencia, los columpios, el resbaladero, la cadena que floja pende de la barra lateral. El estallido del primer vocablo alivia aquella rigidez.
El mundo instaura el tú.
Una crecida de frondas abre el horizonte. Puedo recordar, estoy viva».
Jeannette L. Clariond