Venezuela: el mensaje

Venezuela: el mensaje 4 de enero de 2026

Brenda Estefan

Chihuahua, Chih.

Escribo estas líneas desde Panamá. Aquí, justamente hace 36 años, el 3 de enero de 1990, el Presidente Manuel Noriega se entregó a las fuerzas estadounidenses tras permanecer varios días refugiado en la Nunciatura Apostólica, luego de la invasión de EE.UU. iniciada el 20 de diciembre de 1989.

Desde entonces, Washington parecía haber dejado atrás la política de fungir como gendarme de una región que, durante buena parte de los siglos 19 y 20, fue concebida como su zona natural de influencia, pero cuya centralidad se fue diluyendo tras el fin de la Guerra Fría.

Lo ocurrido en Venezuela es mayúsculo para la región: por su peso geopolítico, por su tamaño territorial y demográfico, por su complejidad interna y por tratarse del país con las mayores reservas probadas de petróleo del mundo.

La captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos no debe leerse únicamente como el final de un dictador, sino como una confirmación de algo más profundo: Washington está dispuesto a usar fuerza militar directa para moldear resultados políticos en su entorno regional inmediato.

Conviene despejar dos equívocos. El primero: esto no fue una cruzada por la democracia. Donald Trump se declara "amigo" de líderes de monarquías del Golfo y de figuras como el ex Presidente brasileño Jair Bolsonaro, quien desconoció resultados electorales democráticos. El propio Trump ha intentado erosionar las instituciones democráticas en su país.

El segundo equívoco: tampoco es, en esencia, una operación contra el narcotráfico. Venezuela sí es un narco-Estado, y ese hecho no es menor. Bajo Maduro, el país se convirtió en un territorio de tránsito protegido por el poder, con redes criminales incrustadas en el Estado y una economía política sostenida por la corrupción, la represión y la impunidad.

Aun así, Venezuela no constituye el principal problema para el consumo de drogas en Estados Unidos. Gran parte de la cocaína que transita por su territorio termina en Europa, no en el mercado estadounidense.

El desafío verdaderamente crítico para Washington está en México, desde donde se exporta el fentanilo que hoy explica la mayor crisis de salud pública asociada a drogas en EE.UU. El argumento antidrogas funciona retóricamente, pero no explica la magnitud de la decisión.

El trasfondo es geopolítico.

Estados Unidos deja claro que el orden liberal ya no es su marco rector y que el derecho internacional queda subordinado a sus intereses estratégicos.

América Latina vuelve a ser tratada como un espacio de intervención directa, no solo diplomática. No es un hecho aislado.

Encaja con la renovada lógica de esferas de influencia y con la Doctrina Monroe con Corolario Trump, explícitamente mencionada en la Estrategia de Seguridad Nacional publicada semanas atrás por el Gobierno estadounidense.

Un mundo regido por la ley del más fuerte es, sin duda, más volátil y más peligroso.

Es, sin embargo, completamente entendible el júbilo de muchos venezolanos.

¿Quién podría no estar feliz de que un dictador que empobreció al país, reprimió brutalmente a la Oposición y forzó a millones al exilio haya sido finalmente depuesto? Pero ojo, porque la historia enseña que la caída del dictador no resuelve por sí sola, no garantiza un desenlace democrático.

Hay que observar con atención lo que venga en los próximos días.

Todos los escenarios están abiertos: desde una Venezuela que caiga en el caos y se convierta en un Estado fallido, hasta un eventual renacer democrático, muy deseado.

Este último, de ocurrir, exigiría un esfuerzo sostenido en el tiempo. Gobernar no es solo sustituir liderazgos políticos o militares; implica reconstruir y administrar instituciones, y Venezuela ha perdido prácticamente todas sus capacidades estatales tras años de desmantelamiento deliberado, persecución política y vaciamiento del Estado.

Otra posibilidad es que no haya una ruptura total con el chavismo, sino una reordenación del poder alineada con Washington.

Un escenario en el que la Casa Blanca opte por un arreglo pragmático, preservando piezas fundamentales del régimen siempre que cooperen con los intereses estadounidenses, incluidos los energéticos.

Los comentarios de ayer de Trump sobre María Corina Machado apuntan en esa dirección, sugiriendo que la prioridad no es una transición democrática profunda, sino estabilidad y alineamiento estratégico.

La operación en Venezuela constituye un punto de quiebre en la política internacional del hemisferio.

Estados Unidos dejó atrás la ambigüedad y actuó como potencia ordenadora de su entorno inmediato.

Ese gesto redefine el equilibrio regional y establece un nuevo marco de poder que ningún país de América Latina puede ignorar.

X: @B_Estefan

*Publicado por reforma el 4 de enero de 2026.