Juárez tirasup
Árbol de la vida

Árbol de la vida 8 de marzo de 2026

Alfredo Espinosa

Chihuahua, Chih.

(Sobre el Mural plasmado en la Preparatoria Maestros Mexicanos)
Los árboles son uno de los ejemplares de la naturaleza, más amigables y venturosos.
Poseen una belleza única en sus distintas estaciones. Y sobre todo, aceptan en silencio, sus mudanzas, sus cambios. Saben que es sabia su savia porque sabe retoñar.
Los árboles son casa de pájaros. Dan frutos deliciosos, y serenidad a nuestro espíritu.
Si siembras en tu casa un árbol cuya sombra o frutos, quizá, no vas a disfrutar, es entender en que consiste la puta vida. Y te enseña a saber cómo se comienza para cambiar el mundo.
Encontrar un árbol frondoso y sentarse bajo su sombra, es uno de nuestros grandes deleites.
El caso es que sembré, perdón, pinte un árbol, “Árbol de la paz”, en la Prepa Maestros Mexicanos, sobre uno de sus muros, por encargo de su Directora y Doctora Tania Gabriela Cano Hernández, y las maestras Iris Colmenero y Karina Patricia Trejo.
Las maestras, junto con las enfermeras, son gremios laborales que estimo y respeto. Su compromiso con la escuela y los alumnos es total. Pero además, bellas personas, de trato amable, de actitud generosa y siempre pendientes. Gracias y aplausos para ellas.
El árbol se pintó en huesos, deshojado, pero con un sol encendido en la parte central donde se bifurca el tronco. El sol palpita dentro de un corazón rojísimo. El tronco es poderoso, de gruesas cortezas, y sus raíces hondas abrevando de la tierra enterrada bajo el cemento. Mi esposa, quien me ayudó a pintarlo, me insistía en que las raíces lucieran fuertes, capaces de sostener grandes cosas.
A veces las escuelas tienen una atmósfera carcelaria: hay muros, rejas, alambres, cámaras, timbres, etc. Los colores de sus paredes son opacos. Las aulas son jaulas. Los jardines se convierten en planchas de cemento. No hay árboles ni ventanas para mirar pasar la vida. ¿Estudiar es un castigo? ¿Es para no distraer a los estudiantes y puedan concentrarse?
La Biblioteca de la Facultad de Medicina tenía un aspecto fúnebre cuando me invitaron a pintar un mural. Sentí el mismo ahogo de aquel tiempo. Yo casi viví en esa biblioteca durante mis años de estudiante. Sé de lo que hablo. Lo primero que hice fue hacer que pasaran dos ríos de pintura entre los pies de los estudiantes, les planté un jardín lleno de flores, les acerque una mesita con café y vino, y para los estudiantes nocturnos, les abrí una ventana para que vieran pasar a la Vía Láctea y la Noche estrellada de Van Gogh. Necesitaban un paisaje con mucho aire y extensos cielos. Se los di.
Así en esta prepa: ¡le urgía un árbol! Y un árbol muy especial: pintado por todos. Por las manos de todos.

Las manos de todos son hojas y son frutos: son flores y son alas. Y ahora sí, nos podemos sentar a platicar, entre las flores, bajo una generosa fronda de manos que celebran la paz. Porque “en la paz todo florece”. La paz es una paloma, y entre todos necesitamos cuidar su vuelo. Bullying, cutting y toda violencia, debe atenderse de inmediato.
La Prepa vivía su Semana Cultural y había hecho un reconocimiento a la artista Águeda Lozano por su impresionante obra en pintura y escultura. Por eso estaba ahí el presidente municipal, y porque con el presupuesto participativo se había mejorado notablemente el centro audio visual de la Prepa.
Observé que en las actividades al aire libre, los estudiantes sacaban su lado artístico, pintando y dibujando. Hay mucho talento entre ellos. Y también observé la necesidad de incluir la arteterapia entre sus instrumentos de aprendizaje y desarrollo. No se desea crear artistas sino de ofrecer una herramienta a los alumnos, que incluso le pudiera resultar terapéutica.
En el recorrido era tumultuoso porque los muchachos de la prensa perseguían al Presidente Municipal. Lo emboscaron, le preguntaban sobre los asuntos del día y propios de la política.
Logró escabullirse con ayuda de las maestras que lo llevaban a cumplir la agenda y, de manera repentina, ya estaba frente al mural Árbol de la paz.
Me apresuré a llegar y cuando le pidieron iniciar la ceremonia, inesperadamente, el Presidente Bonilla me pidió que yo, autor del mural, dijera unas palabras.
En efecto dije unas palabras deshilachadas; lo bueno fue que mi discurso fue brevísimo. Luego el Presidente habló, muy bien, sobre el mural y la paz. Luego se lo llevaron a otro lado.
Si alguien ve a Marco Bonilla, dígale que algo de este escrito hubiera querido decir ahí. Y díganle, también, que agradezco que haya inaugurado nuestro mural Árbol de la paz