Chihuahua, Chih.
"No quiero música en mi velorio, ni cuando me lleven al panteón. Nada de irme tocando camino al camposanto, tampoco en la tumba. Vayan a creer que fui narca. No faltaba más. Tampoco me salen ronchas, no creas, ja, ja, ja...", eso decía Socorro Ruiz, la esposa de Rubén Rocha Moya, momentos antes de su muerte en 2016, según relata el propio político sinaloense en su libro La Coco.
El relato de Rocha, publicado en 2020, comienza con la descripción de los últimos momentos de su esposa Socorro, quien hospitalizada con cáncer en fase terminal, llama a su familia para despedirse. Incluso cuenta cómo su esposa lo definía ante uno de sus hijos: "El Persi de tu pá, y ya sabes que de todo se cuida: 'que no hagan ruido, quesque el qué dirán, que el pacá y pallá...' en fin, al modo, siempre cuidando las cosas".
Rubén Rocha no parece ser ahora ese personaje discreto, austero y cuidadoso. Era un político y un académico ampliamente respetado cuya trayectoria de izquierda lo ubicaba como alguien centrado, sin estridencia. Fue candidato tres veces a la gubernatura. En 1986 por una coalición de izquierda donde obtuvo una votación testimonial. Luego en 1998 por el PRD, presidido por AMLO. Desde entonces Rocha labró una relación personal profunda con el tabasqueño. Priistas y panistas lo respetaban por su integridad. Dos gobernadores del tricolor lo llamaron como asesor.
En 2021, impulsado por AMLO, Rocha queda como candidato de Morena y gana con 620 mil votos, 56 por ciento de la votación, en una elección que en el expediente judicial estadounidense fue decidida por el narco y en las denuncias opositoras mexicanas, la mano criminal sometió a opositores.
Rocha Moya, su familia, terminaron devorados por dos confluencias: el "ganar a toda costa", que fue la divisa en 2018 para AMLO que se alió hasta con el Diablo para ganar su tercera candidatura presidencial, fórmula que repitió en las distintas elecciones locales del sexenio anterior, incluida la de la gubernatura sinaloense en 2021, y el poder corruptor del narcotráfico.
La defenestración de Rocha Moya significa un golpe político y jurídico demoledor. Pero es fundamentalmente un obús a la legitimidad del denominado movimiento de la 4T.
La narcopolítica en Sinaloa ha sido eje de la vida pública al menos en seis décadas. Gobernadores coptados, rehenes, cómplices, sometidos por el Cártel de Sinaloa. Son muchos. Rocha Moya no es el único. También él fue engullido pero el daño es diferente.
Morena y la 4T son víctimas de sus propios desastres. El huachicol fiscal, uno de los principales disruptores de la vida pública, fue amasado y perfeccionado en el sexenio anterior. Las alianzas con grupos criminales les dan gobiernos pero no control territorial. Son empleados de grupos delictivos. Los criminales controlan elecciones, gobiernos, presupuestos, las obras. Antes estaban con el PRI o con el PAN. Ahora son morenistas.
El gobierno de Estados Unidos, el de Trump, ha oficializado su decisión de intervenir en la sucesión presidencial de 2030.
Ya desmontó un gobierno local, horadó el discurso y el legado de la 4T. De un solo golpe revirtió la revelación de que agentes de la CIA operan con policías locales.
No ha sido difícil. Encontró evidencias, insumos, delaciones. En esa ruta puede descarrilar al gobierno federal.
Morena mordió el anzuelo.
Dobló su apuesta ante la presencia de agentes de la CIA en Chihuahua para ser pulverizada esa retórica en un posteo de redes sociales: la petición formal de la cabeza de Rocha y 9 más de su equipo.
Un gobierno que no sabe cómo entran los agentes espías; cuáles son las colaboraciones de gobiernos de la oposición con agencias estadounidenses; cuáles son los expedientes que están listos para derrumbar a narcopolíticos.
Un gobierno que no reacciona a tiempo ante las evidencias de sus funcionarios vinculados con criminales y al dibujo del nuevo mapa geopolítico.
Lo de Sinaloa no es una mancha.
Es un daño profundo donde no está de por medio un partido, una convicción, un dogma. Rasga al país.
*Publicado por Reforma el 4 de mayo de 2026